Te
encontré y encontré en ti lo que siempre había buscado, las manos frías que se
aprietan, las complicidades que lloran como el agua de la lluvia en los
cristales, los corazones rotos para los que no quedan tiritas ni cementos
posibles. Cavamos nuestra propia tumba con nuestros actos, la pusimos bonita y
yo aún sigo dejándole flores el primer día de cada mes, con una sonrisa y una
lágrima. Nos matan las ganas de besar y no poder, los autocontroles que
funcionan en el momento exacto pero que más tarde pasan a convertirse en ira de
no haber podido besar tus labios explotando como una ola rompiendo un día de
marejada. Nos leímos en las líneas de poesías ajenas sabiendo que, al final,
todo poema es triste. Aunque, reconócelo, nunca quisimos acabar así. Nos
condenamos. Tú y yo. Sin miramientos, sin esperanzas, sin sonrisas. Nos
obligamos a llorar por las noches y a perder las fuerzas. Pero, aun así, cuando
siento que te pierdo mi corazón me recuerda más fuerte que puede soportar todo
el dolor con tan de volver a abrazarnos en la estación de turno, sabiendo que
habrá despedidas pero también reencuentros. Y eso, amor, es lo que me hace ser
incapaz de dejar de quererte. Nunca pensé con el corazón, pero esta vez la
razón es la que se ha tomado vacaciones indefinidas, quizá esté de baja por
(des)amor.
Recoge los pedazos una vez más, haz que los ojos brillen, construye cosas nuevas. Esos y otros consejos que, en ocasiones, queman hasta morir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario