viernes, 19 de agosto de 2016

Nuit.

Todo está oscuro cuando escucho el sonido de la llave al intentar introducirse en la cerradura. Echo las sábanas sobre mi cabeza sin pensar qué estoy haciendo y me apresuro a localizar el interruptor de la luz mientras mis manos tiemblan. Cuando siento que la llave a encontrado al fin su lugar, mis manos temblorosas logran dar con la forma de dejar todo a oscuras por fin. Mi respiración se agita y me abrazo a la almohada como si fuese el mejor chaleco salvavidas del mundo, como si ese agarre me fuese a mantener cuerda las horas siguientes.
Fuera se intuyen los golpes contra la pared de la mujer que acaba de entrar, tambaleándose sobre sus pies mientras intenta no maldecir muy alto sin lograr su objetivo. Es en ese momento en el que me doy cuenta que he olvidado mi bolso en la cocina y que no podré utilizar mis auriculares, lo que me hace sentirme aún más vulnerable. El minutero marca las 23.18 de una noche calurosa de verano, pero yo sólo siento frío. Mi objetivo principal es simple: concentrarme en el sonido de las agujas del reloj para no escuchar todo aquello que oculta durante el día, para no ver la cruz de la moneda y poder sentir que todo va bien.
A las 23.24 parece que han pasado horas, pero las manecillas no quieren avanzar. Ahogo mis sollozos entre las sábanas cuando siento que sus pasos se acercan peligrosamente a la puerta que nos separa. Apenas puedo respirar y ella se da la vuelta abriendo, por el sonido, otra lata más de cerveza. El tic tac del reloj se une en un ritmo frenético con mis latidos acelerados.
Son las 23.31 y siento la bilis en mi garganta, los nudillos blanquecinos del agarre de las sábanas y el miedo pegado a las pestañas. Maldice una y otra vez mientras intento hacerme pequeña para que no me vea, para que no caiga sobre mí con golpes.
He vuelto a mojar la cama, son las 23:52 y los golpes anímicos han sido más fuertes que los físicos. Odio la sensación de no poder controlar las lágrimas.

Cuando despierto a la mañana siguiente pongo una sonrisa en mi cara, me levanto e intento lidiar con mi dolor de cabeza, rezando a ese Dios en el que no creo para que esta noche no vuelva a ser lo mismo.

A las 22.49 las llaves vuelven a no encontrar su lugar en la cerradura.

domingo, 6 de marzo de 2016

Olvidar.

He olvidado cómo era despertarme junto a ti y quedarme mirándote media hora cuando te dabas la vuelta huyendo de mis abrazos pero tenías esa cara de paz de esas personas a las que le llega tarde el sueño pero se resisten a dejarlo marchar por las mañanas. Ya no recuerdo lo que era levantarme y que me encontrases en el balcón, con un cigarro y un café y la sudadera más fea del mundo para paliar el frío de las 9 de la mañana en una ciudad que se despierta. También se han evaporado los recuerdos de esperar impaciente a que tu autobús llegase a la parada y esos abrazos de koala cada vez que me veías, susurrándome que me habías echado de menos esas 135 horas y 228 kilómetros como si fuera la distancia más larga del mundo (esa distancia que dolía si estabas a más de tres milímetros de mi boca). Sigue sin llenarse el hueco que dejaste a mi izquierda, no he vuelto a tomar a nadie de esa mano ni han logrado pasear con mi brazo sobre sus hombros y la cabeza apoyada en mi pecho, justo encima del corazón, y es que a ver cómo les miro a la cara y les digo que ese lugar siempre fue tuyo y que eres la única que encajaba a la perfección en él, fundiendo tu cabeza y mi pecho al ritmo acelerado de un corazón que ya no late.  Poco a poco han desaparecido los fotogramas de paseos por ciudades que no eran nuestras y he asumido esa maldita manía de comprar postales de aquellas ciudades que visitamos para que los recuerdos no floten en mi mente con una neblina olvidadiza, aunque también busco lugares que no llegamos a visitar y nos imagino en ellos, felices, como si todo lo malo hubiese sido una pesadilla y, al abrir los ojos, encontrase tu pelo en mi almohada y el olor de tu champú pusiese la banda sonora a mis mañanas. Y es que, amor, aunque sea incapaz de cerrar los ojos y rememorar a qué sabe tu risa en mitad de un beso, nunca podré olvidar la rima asonante de los latidos de mi corazón cuando estabas tú ni la métrica perfecta de los segundos que te quedaste. 

martes, 23 de febrero de 2016

TBT.

Hayun parque con los columpios más rotos que nuestros corazones y yo sólo quiero volver a balancearme en ellos sobre un precipicio, jugándome la vida.

jueves, 18 de febrero de 2016

Carrera de fondo.

Hay un brillo en el fondo de tus ojos cuando me miran. Me calma y me besa las ojeras suavemente. También hay miedo en el frote de tus manos. Miedo de tocarme, de acariciarme. Las mías tiemblan guardando dentro esas ganas de rozarte y que sienta que la quemazón viaje de las puntas de los dedos hasta el rincón más oculto de mi piel. 

Quizá dentro de unos años nos reencontraremos con la punta de los dedos en la quinta planta de un hotel en el centro con vistas al cielo de Madrid. No pesarán los daños floreciendo como antaño las flores en el estómago, en las pupilas, en los labios. Tal vez logremos despejar las dudas, parafrasear el miedo y convertirlo en una metáfora que sólo aparece cuando la llamamos. Puede que vuelva a haber poesía, esta vez más madura, menos niña, menos indefensa. Y entonces los versos traerán los besos y las noches compartiendo cama de 90 a las afueras de una ciudad sin nombre. 

Tú, que no tienes nombre pero sí un suspiro que acaricia los días de frío. Tú, que siempre has sido pero nunca has llegado. Tú, que guardas bajo la almohada una lista de nombres más grande que de miedos. Tú, que te haces pequeña cuando el viento azota las persianas. Tú, que me hiciste darme cuenta de que puedo vivir sin ti, pero que no quiero hacerlo. Tú. 



Ella no pudo volver, pero nunca se marchó. 

jueves, 22 de octubre de 2015

Día 23.

Un día más. Un día menos. Me he despertado leyendo poesía, como siempre. Llevo ya cuatro cafés y sé que no te importa, pero me tiemblan tanto las manos que siento que no controlo mi cuerpo. Ayer tuve una reunión de esas aburridas en las que no llegas a ningún acuerdo y sales pernsando que acabas de perder dos horas de tu tiempo discutiendo con idiotas para nada. Es cierto que después logré sacar fuerzas y salir a correr. Dormí mejor que otros días, algo es algo. Estoy deseando que llegue la tarde y hacer esa tarta de queso a la que tanto me he aficionado. Tonterías, al fin y al cabo solo son tonterías. No tengo más plan que esperar al fin de semana, elegir lecturas y sentarme al lado de la ventana viendo la lluvia caer. Es un buen plan, ¿no crees? A ratos siento que me conozco y, a la vez, que soy mi mayor desconocida y mi mayor arma de destrucción. Qué monótono es todo en ocasiones. 

Entre toda esta procesión de días sigue sucediendo que, cuando algo pasa en mi vida, cojo el teléfono y te quiero llamar. Contártelo y que me sepas. Saberme como solo tú lograbas que me supiese. 
Ya no te quiero, es cierto, pero sigo sin saber ponerle nombre a esta sensación tan extraña, tan tuya. 


miércoles, 13 de mayo de 2015

Secretos.

Voy a hacerlo. Cuando sean mayores, voy a hacerlo. Les contaré uno a uno todos mis secretos y cómo me enamoré de ti aquel enero mientras que tú te marchaste antes de llegar el verano. También les hablaré de tu forma de despertar o de secar mis lágrimas cada vez que salían a pasear, suave, con la punta de los dedos como si fueran tesoros que guardar en un frasco de cristal. Recordaré con una sonrisa todas y cada una de las medias que llevabas cuando ibas de mi mano y ese gesto tan tuyo al sentarte cansada en la cama y ponerte unos calcetines antes de ir a dormir, aunque a mí me gustase más acostarme sin ellos y levantar tu pantalón en mitad de la noche para rozar tu tobillo desnudo mientras que tú no te dabas ni cuenta. Me pondré melancólica al recordar las habitaciones de hotel contigo durmiendo en mi pecho mientras yo leía con las luces casi apagadas y, a cada página que pasaba, me quedaba mirando tu rostro calmado como si fuese mi hogar y tú mi único refugio. Sacaré las fotos de las ciudades que conocimos juntas y prometeré llevarlos algún día aunque mi corazón empiece a doler solo de pensarlo. Cuando ya no pueda mantenerme serena, me levantaré con la excusa de buscar ese libro de la estantería que aun guarda todas y cada una de las notas que escribiste para mí y les diré que eso era lo que te hacía especial, además de tener la sonrisa más bonita del mundo. No te preocupes, no les contaré solo lo bueno, también les hablaré de tu forma de hacerme pedazos, de todos esos agujeros que hiciste en mi interior y que aún sangran, de los atardeceres que me robaste. Prometo enseñarles una foto mía para que comparen mis ojos antes y después de ti, porque es cierto que hubo un tiempo en el que brillaban y sonreían como si el mundo fuese bonito y yo no tuviese ninguna preocupación más allá de pensar qué tipo de flor te regalaría en nuestro aniversario o cuándo te llevaría a París. En definitiva, les contaré todo. Incluyendo lo que siempre he tenido miedo de confesar; pase lo que pase, siempre deseé y sigo deseando que ellos tuviesen tu sonrisa. 

martes, 17 de marzo de 2015

La vida.

Hoy es el día. El día que paseas por la calle y llega el olor de su colonia y te das la vuelta y la buscas y no aparece y vuelves a la realidad. 
Entonces miras a la persona cuya mano has soltado, con la sonrisa a medias y los ojos tristes. La miras y no sabes bien cómo decirle que lo sientes, que no es ella, que pensabas que en los últimos 5 meses habías conseguido borrar su recuerdo gracias a sus labios, pero que acabas de darte cuenta de que no te provoca el mismo escalofrío que ha recorrido tu cuerpo hace medio minuto. Que cuando te tumbas en el césped y miras las estrellas las noches de verano oyes su risa, notas cómo te roza la mano con la brisa suave, rememoras sus andares de niña buena mientras se recoge el pelo en una coleta precipitada y se lanza a tu cuello. Y que, pensabas que no, pero sigues viéndola en todas las mujeres que llevan un vestido de flores y deseas arrancárselo para llevarlo a los pies de su cama para que, cuando despierte, lo encuentre como un regalo de un hada madrina. 
Ese día se repite. Mes tras mes, año tras año. Siempre cambian las mujeres que van de tu brazo, pero nunca el olor a esa colonia mezclada con el tabaco rubio. Tampoco cambia la cobardía de no pulsar el botón de llamar, mandarle un mensaje o presentarte  en su puerta con las manos en los bolsillos, mirarla a la cara y decirle: sea como sea, pase lo que pase, viva lo que viva, seguirás siendo siempre el amor de mi vida.  

martes, 16 de diciembre de 2014

Poesías del 27 y tu recuerdo.

Hoy me he comprado un libro de poesías del 27 y he impreso nuestras conversaciones. Me negaba a creerme que todo hubiese sido un sueño y mi cama me ha acogido tan caliente como siempre, con sábanas nuevas que ni siquiera llegaste a ver (también verdes, por si quieres saberlo). He combinado las mejores poesías con nuestros versos, nuestras caricias en forma de palabras. Y sí, por si quieres saberlo, aún se me sale el corazón por la boca cuando te leo tan tú, tan nosotras, tan fugaz. Esta noche no dormiré bien. Me da igual. Necesitaba volver a sentirme viva.



"Me gustaría acurrucarme a tu lado y mirarte mientras duermes, acariciar tu pelo y tus mejillas, darte un beso en el cuello y decirte que te quiero al oído"



¿No la conocéis? Entonces
imaginadla, soñadla.
¿Quién será capaz de hacer
el retrato de la amada? 

Yo sólo podría hablaros
vagamente de su lánguida
figura, de su aureola
triste, profunda y romántica. 

Os diría que sus trenzas
rizadas sobre la espalda
son tan negras que iluminan
en la noche. Que cuando anda, 

no parece que se apoya,
flota, navega, resbala...
Os hablaría de un gesto
muy suyo..., de sus palabras, 

a la vez desdén y mimo,
a un tiempo reproche y lágrimas,
distantes como en un éxtasis,
como en un beso cercanas... 

Pero no: cerrad los ojos,
imaginadla, soñadla,
reflejada en el cambiante
espejo de vuestra alma.

Gerardo Diego

martes, 25 de noviembre de 2014

(Des)amor.

Te encontré y encontré en ti lo que siempre había buscado, las manos frías que se aprietan, las complicidades que lloran como el agua de la lluvia en los cristales, los corazones rotos para los que no quedan tiritas ni cementos posibles. Cavamos nuestra propia tumba con nuestros actos, la pusimos bonita y yo aún sigo dejándole flores el primer día de cada mes, con una sonrisa y una lágrima. Nos matan las ganas de besar y no poder, los autocontroles que funcionan en el momento exacto pero que más tarde pasan a convertirse en ira de no haber podido besar tus labios explotando como una ola rompiendo un día de marejada. Nos leímos en las líneas de poesías ajenas sabiendo que, al final, todo poema es triste. Aunque, reconócelo, nunca quisimos acabar así. Nos condenamos. Tú y yo. Sin miramientos, sin esperanzas, sin sonrisas. Nos obligamos a llorar por las noches y a perder las fuerzas. Pero, aun así, cuando siento que te pierdo mi corazón me recuerda más fuerte que puede soportar todo el dolor con tan de volver a abrazarnos en la estación de turno, sabiendo que habrá despedidas pero también reencuentros. Y eso, amor, es lo que me hace ser incapaz de dejar de quererte. Nunca pensé con el corazón, pero esta vez la razón es la que se ha tomado vacaciones indefinidas, quizá esté de baja por (des)amor. 


Recoge los pedazos una vez más, haz que los ojos brillen, construye cosas nuevas. Esos y otros consejos que, en ocasiones, queman hasta morir. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Vértigo.

Regálame un libro. Ven a verme sin que te lo pida, haz que sonría cuando te vea parada en la puerta de mi casa con tu bufanda roja y una sonrisa tierna. Abrázame cuando no lo necesite y dame un guantazo cuando sea el momento exacto. Quiéreme cuando me ponga tonta y sólo queden ganas de marcharte, te prometo que se me pasará pronto. Aceléranos al máximo hasta que haya riesgo de caer al precipicio; siente vértigo. Pero después frena. Ve con calma, cuenta mariposas y agárrame la mano. Mira al cielo cada atardecer, desea con todas tus fuerzas querer pasarlo a mi lado. Te prometo que, en poco tiempo, llegaré. Piensa en la primavera, en las flores de cerezo acariciando tus piernas mientras éstas salen curiosas del vestido más bonito. Deja tu carmín en mi mejilla, esta vez no me voy a enfadar. Baila conmigo sin música, recítame poemas al oído, descansa tu cabeza en el hueco de mi pecho. Escribe poesía en mi espalda y vuélvete a quedar toda la noche despierta para amansar mis pesadillas. Dibuja semifusas en mi pelo. 


Salta. Quítate el abrigo y salta desde lo más alto. Ya ha llegado la hora. Prometo no dejarte caer. 


jueves, 6 de noviembre de 2014

¿Bailamos?

Recuerdo aquella mañana con total claridad. Paseábamos lento agarradas de la mano, como una pareja de los años 20. Nos parábamos en cada esquina, el cielo estaba azul y las nubes hermosas. No hacía frío.

La magia llegaba de tantas formas y matices diferentes que sigo estremeciéndome al recordar. La melodía de violín que se escuchaba a lo lejos aún resuena a veces en mi cabeza cuando leo poesía. En mi mente, las imágenes de aquel abrazo por la espalda mientras nos balanceábamos al mismo ritmo. 

Sonreír. 

Pensar que hay paseos eternos, que esa sería la primera mañana en un parque que nos vería repetir el mismo camino los domingos por la tarde. Imposible olvidar tu forma de correr, de invitarme a bailar. Tampoco olvido mi sonrisa más plena al verte exultante de felicidad ni mi pensamiento de estar segura de que, por una vez, había tomado la decisión más correcta.

Paseé sin poner un pie en el suelo pero agarrando tu mano. Mirándote. Y no fue un sueño, fuiste tú. Tan real, tan musa y tan poetisa. Y yo no te saqué a bailar.





Vuelve a invitarme a bailar en la calle, en el sofá, en la cama, en las discotecas más oscuras, en tus ojos. Invítame, porque aquella vez sólo podía contemplarte. Invítame a bailar la canción más horrible del mundo, pero hazlo. Vuelve a los paseos y las sonrisas. Vuelve a hacer que mis ojos bailen. 

martes, 4 de noviembre de 2014

Lluvia de estrellas.

Te voy a hacer el amor de la forma más suave; con palabras. Y es que, vida mía, hay noches que me duele más pasar sin ti. Hay días en los que deseo con todas mis fuerzas abrazarte fuerte, dormir desnuda a tu lado, celebrar fechas que significan todo y nada. Puede que tú digas blanco y yo diga negro, pero las cosas de la mano son grises y tienen un matiz precioso que sólo tú y yo podemos entender. Quédate. Quédate a dormir aunque sea en forma de almohada, pero quédate. No te pido más. Antes, abre la ventana y mira al cielo. ¿La ves? Está ahí, intentando cumplir tus deseos, creciendo fuerte para luego empequeñecer, pero su belleza nunca se va. Recítale una noche más, y hazlo conmigo si quieres también. Suave, con tu voz dulce. Sólo recita. Ama más fuerte que nunca, sin remordimientos, dejándote el corazón en el filtro de un cigarro pero arropado por unos brazos desnudos. Ríe a carcajadas y bendice una noche más. Sueña, vive, llora de felicidad. Dame la mano.




Nos vemos en sueños. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Textos sin sentido. Pero llueve.

Aún sigo dándole vueltas a si todas esas frases van por mí, a si cuando miras twitter me veo reflejada en tu memoria cuando lees cosas que, por casualidad, hablan de enamorarse de desconocidos más fuerte que del amigo que has tenido siempre de la mano. Me pregunto si recuerdas mis noches malas con la misma fuerza que las buenas. Tonta enamorada, ilusionada, con ganas (de ti). 

Te contaré, amor, que desde hace meses mi cama es el único refugio donde puedo abrazar la almohada pensando que eres tú y sonreír porque duermes a mi lado. ¿Es un espejismo? ¿Realmente me da calma? ¿Quizá tú me estés abrazando a pesar de los recuerdos o ya no soy lo último en lo que piensas al acostarte? 

¿Sabes? Te sigo echando de menos. Tengo miedo a que tú ya no lo hagas, a que la distancia se haya llevado consigo esa necesidad de casa. Tengo miedo del miedo, de los abrazos, de temblar cuando me escribes, de susurrar cosas mientras (te) escribo otras diferentes. Tengo miedo de ti y de quererte tanto. Créeme cuando te digo que una vida a tu lado se me queda corta pero: ¿qué es la vida si no es contigo? 

Hoy, afuera, llueve(s).

sábado, 1 de noviembre de 2014

¿Pido demasiado?

Dame una de esas noches especiales en las que no nos quedemos hipnotizadas mirando las luces de las velas porque nuestros ojos brillen más y sean más profundos. 
Confiésame otro secreto y sorpréndeme una vez más. 
Acaríciame sutilmente por debajo de la mesa y haz que toda mi piel se erice. 
Sonríe de manera pícara, agárrame la mano y salgamos a besarnos en los portales. 
Hazme el amor lento, suave, como si los minutos no fueran a pasar nunca. 
Plántate en mi puerta una mañana cualquiera con unos billetes de avión para el fin de semana siguiente. 
Recorre de mi mano una ciudad desconocida y bésame con ternura cuando me canse de esperar que hagas mil fotos cuando yo quiero continuar. 
Escribe junto a una taza de té mientras yo refunfuño porque mi estudio es demasiado pequeño, no apagas la luz y quiero dormir. Pero después léeme con tu voz dulce, lee en voz alta las palabras de la chica que escribe y mira cómo cierro los ojos y sonrío en sueños. 

Bésame en la frente y abrázame toda la noche. Toda la vida.


¿Pido demasiado?



miércoles, 29 de octubre de 2014

Despacito.

Desde que hago la cama y doblo el pijama todas las mañanas me acuerdo más de ti. De ti y de las prisas, de hacerlo todo a última hora y levantarme a las 5 para ordenar la habitación o pasarme horas fregando el día anterior a tu llegada.

¿Sabes, amor? Ahora me tomo las cosas con calma. La calma que nunca tuvimos en aquella espiral de vértigo en la que caímos desde el minuto cero. La calma que se volvía necesidad cuando toda ropa estorbaba y salía disparada un tiempo récord. Y sí, te lo reconozco, no era de mi agrado. Siempre me han gustado las cosas lentas y en la primera cita es mejor empezar con un beso en la mejilla y acabar con uno en los labios en tu portal. Pero cómo decirle que no a las ganas. Cómo decirte que no a ti. 

Ahora no. Ahora te pienso más lento, pero más fuerte. Y quiero de manera distinta, pero al mismo tiempo de la misma. Y eso es algo que no se puede cambiar. ¿Si te digo que ahora prefiero quedarme 5 minutos mirándote a los ojos sin bajar la mirada un segundo a tus tetas me creerías? Porque es así. No hay prisas, sólo miedos. Pero las metáforas siguen en el aire y la poesía siempre se ha leído mejor despacio. Y tú, amor, mereces que te lean como al mejor poema del mundo. 


lunes, 27 de octubre de 2014

Paréntesis.

Hoy te he imaginado paseando por Gran Vía, con tu falda al vuelo, la música sonando fuerte en tus oídos, un poemario en el bolso y la mirada en el suelo para no tropezar. 

¿Sabes, amor? Aún me pregunto si recuerdas mi olor cuando alguien fuma a tu lado en la parada de autobús, si cuando alguien lleva mi colonia cierras los ojos para recordar. Tal vez cuando pares en el paso de cebra de Plaza España desees que vuelva a abrazarte por la espalda hasta ver la luz verde. Y quizá cuando pases por el escaparate de alguna librería mires atrás para comprobar que no me he quedado ensimismada con los libros y tú has avanzado sin darte cuenta de que yo había soltado tu mano. Es posible que, cuando hayas vuelto a coger un taxi en Callao, quizá hayas pensado en cómo nos despedíamos sabiendo que a primera hora yo buscaría vestidos de flores y tú una camisa y un cigarro. Puede que una noche cualquiera, entre sueños aún, hayas mirado el móvil y hayas creído ver un poema mío que a la mañana siguiente no has encontrado en tu teléfono porque sólo había sido un sueño. Quizá hayas vuelto a leer mis textos en voz alta para repetirte que no fue sólo un espejismo, que fue lo más real del mundo. 

¿Alguna noche te has sentado a las 6 de la mañana a escribir(nos) sin que yo lo supiese?

¿Has abrazado la almohada o aquel peluche pensando en cómo era(mos)? 

¿Has sentido el vello que se eriza en los atardeceres más hermosos (y tristes)? 

¿Seguirás, algún día, contando los kilómetros (219) y las horas? 

¿(Nos) ves en las nubes y en el humo? 



Yo sigo buscando formas en las nubes y dibujo versos con el humo del tabaco. 

miércoles, 9 de abril de 2014

Musas.

Ebria de sonrisas que ya no aparecen despertó aquella mañana sin haber podido conciliar el sueño un solo minuto. Alimentándose de recuerdos imaginó su cama, su almohada mojada sin la compañía de Morfeo, el cual tampoco se había pasado de visita esa noche. Entonces llegó el momento en el que se preguntó por qué las musas ya no le hacían visitas y por qué la luna ya no brillaba en el cielo. Poco a poco y sin pensarlo se respondió que mañana sería un día distinto y se fue a dormir cuando la ciudad empezaba a despertar, cuando las nubes tapaban el sol que, aquel día, tampoco parecía tener ganas de salir de la cama. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Ni Nerudas, ni Lorcas, ni Quevedos.

Me paro en semáforos en verde esperando a que vengas y me abraces por la espalda, diciéndome al oído que ya es la hora de volver a casa y que mañana nos espera un día agotador. Sin embargo es Borges quien se mete en mi cabeza, recitándome tu ausencia y empujándome a cruzar en rojo. 

Ni Nerudas, ni Lorcas, ni Quevedos; yo te quiero a ti. 

martes, 4 de marzo de 2014

Give me a beer.

Quiero enamorar a la chica que se duerme abrazando a la almohada y a la chica que se pone esos tacones para sentirse más fuerte. Quiero enamorar a la que se pinta los labios de rojo para pasear por su habitación y a la que sale de casa despeinada por las prisas. Quiero enamorar a la chica del corazón roto y a la chica que tiene las decisiones claras. Quiero enamorar a la chica dulce e infantil y a la chica fiera en la cama.


Yo quiero enamorarte, chica que escribe.


sábado, 1 de marzo de 2014

Escribir(te).

Me pregunto cuándo dejé de escribir en abstracto para escribirte a ti, a las 23:42 y acompañada por un Cola Cao y tu risa en vez de latas de cerveza que contienen colillas con carmín rojo. Me pregunto cuándo irrumpiste en mi vida y cómo hiciste para recuperar la parte de mí que ya no estaba, que ya se había marchado. 
Aún no sé la fecha en la que prometí llevarte a París, pero nunca había deseado con más ganas enseñarte los rincones más ocultos donde se esconden melodías de violín y pinturas en acuarela. Correremos buscando las mejores vistas para admirar la Torre Eiffel y nos besaremos apasionadamente en un hotel desde el que veamos gatos negros pasearse por los tejados. Quizá, en uno de esos paseos, una mirada significará más que todas las palabras del mundo que pueda escribir(te) y comprenderás que no es que sea fácil ni bonito; es que tú lo haces así. 
Algún día, perderemos vuelos una y otra vez por el simple capricho de no poder dejar de mirar tu cara bañada por los rayos de sol al amanecer y acabaremos llorando de la risa porque, sí, lo hemos vuelto a hacer. Hasta entonces las estaciones guardarán los abrazos más sinceros, las palabras más bonitas y las promesas de escribir(te) un poco cada noche para no sentirte tan jodidamente lejos. 


Debo reconocerlo, los monstruos del armario son cada vez más pequeños, sólo hace falta que tú vengas a besarme y a eliminarlos del todo.