viernes, 19 de agosto de 2016

Nuit.

Todo está oscuro cuando escucho el sonido de la llave al intentar introducirse en la cerradura. Echo las sábanas sobre mi cabeza sin pensar qué estoy haciendo y me apresuro a localizar el interruptor de la luz mientras mis manos tiemblan. Cuando siento que la llave a encontrado al fin su lugar, mis manos temblorosas logran dar con la forma de dejar todo a oscuras por fin. Mi respiración se agita y me abrazo a la almohada como si fuese el mejor chaleco salvavidas del mundo, como si ese agarre me fuese a mantener cuerda las horas siguientes.
Fuera se intuyen los golpes contra la pared de la mujer que acaba de entrar, tambaleándose sobre sus pies mientras intenta no maldecir muy alto sin lograr su objetivo. Es en ese momento en el que me doy cuenta que he olvidado mi bolso en la cocina y que no podré utilizar mis auriculares, lo que me hace sentirme aún más vulnerable. El minutero marca las 23.18 de una noche calurosa de verano, pero yo sólo siento frío. Mi objetivo principal es simple: concentrarme en el sonido de las agujas del reloj para no escuchar todo aquello que oculta durante el día, para no ver la cruz de la moneda y poder sentir que todo va bien.
A las 23.24 parece que han pasado horas, pero las manecillas no quieren avanzar. Ahogo mis sollozos entre las sábanas cuando siento que sus pasos se acercan peligrosamente a la puerta que nos separa. Apenas puedo respirar y ella se da la vuelta abriendo, por el sonido, otra lata más de cerveza. El tic tac del reloj se une en un ritmo frenético con mis latidos acelerados.
Son las 23.31 y siento la bilis en mi garganta, los nudillos blanquecinos del agarre de las sábanas y el miedo pegado a las pestañas. Maldice una y otra vez mientras intento hacerme pequeña para que no me vea, para que no caiga sobre mí con golpes.
He vuelto a mojar la cama, son las 23:52 y los golpes anímicos han sido más fuertes que los físicos. Odio la sensación de no poder controlar las lágrimas.

Cuando despierto a la mañana siguiente pongo una sonrisa en mi cara, me levanto e intento lidiar con mi dolor de cabeza, rezando a ese Dios en el que no creo para que esta noche no vuelva a ser lo mismo.

A las 22.49 las llaves vuelven a no encontrar su lugar en la cerradura.

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