jueves, 22 de octubre de 2015

Día 23.

Un día más. Un día menos. Me he despertado leyendo poesía, como siempre. Llevo ya cuatro cafés y sé que no te importa, pero me tiemblan tanto las manos que siento que no controlo mi cuerpo. Ayer tuve una reunión de esas aburridas en las que no llegas a ningún acuerdo y sales pernsando que acabas de perder dos horas de tu tiempo discutiendo con idiotas para nada. Es cierto que después logré sacar fuerzas y salir a correr. Dormí mejor que otros días, algo es algo. Estoy deseando que llegue la tarde y hacer esa tarta de queso a la que tanto me he aficionado. Tonterías, al fin y al cabo solo son tonterías. No tengo más plan que esperar al fin de semana, elegir lecturas y sentarme al lado de la ventana viendo la lluvia caer. Es un buen plan, ¿no crees? A ratos siento que me conozco y, a la vez, que soy mi mayor desconocida y mi mayor arma de destrucción. Qué monótono es todo en ocasiones. 

Entre toda esta procesión de días sigue sucediendo que, cuando algo pasa en mi vida, cojo el teléfono y te quiero llamar. Contártelo y que me sepas. Saberme como solo tú lograbas que me supiese. 
Ya no te quiero, es cierto, pero sigo sin saber ponerle nombre a esta sensación tan extraña, tan tuya. 


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