jueves, 18 de febrero de 2016

Carrera de fondo.

Hay un brillo en el fondo de tus ojos cuando me miran. Me calma y me besa las ojeras suavemente. También hay miedo en el frote de tus manos. Miedo de tocarme, de acariciarme. Las mías tiemblan guardando dentro esas ganas de rozarte y que sienta que la quemazón viaje de las puntas de los dedos hasta el rincón más oculto de mi piel. 

Quizá dentro de unos años nos reencontraremos con la punta de los dedos en la quinta planta de un hotel en el centro con vistas al cielo de Madrid. No pesarán los daños floreciendo como antaño las flores en el estómago, en las pupilas, en los labios. Tal vez logremos despejar las dudas, parafrasear el miedo y convertirlo en una metáfora que sólo aparece cuando la llamamos. Puede que vuelva a haber poesía, esta vez más madura, menos niña, menos indefensa. Y entonces los versos traerán los besos y las noches compartiendo cama de 90 a las afueras de una ciudad sin nombre. 

Tú, que no tienes nombre pero sí un suspiro que acaricia los días de frío. Tú, que siempre has sido pero nunca has llegado. Tú, que guardas bajo la almohada una lista de nombres más grande que de miedos. Tú, que te haces pequeña cuando el viento azota las persianas. Tú, que me hiciste darme cuenta de que puedo vivir sin ti, pero que no quiero hacerlo. Tú. 



Ella no pudo volver, pero nunca se marchó. 

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